9 de abril, Jueves de la Octava de Pascua:

Durante los días de la Octava de Pascua, la Iglesia se esmera por mantener encendida la llama de la alegría que calienta los corazones en virtud de la resurrección de Cristo, aun cuando pueda haber dolor o sufrimiento. ¡Ese dolor ha sido redimido! ¡Que siga resonando fuerte el Aleluya! ¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!

La Liturgia de la Palabra continúa presentando los hechos extraordinarios acontecidos tras la victoria del Señor sobre la muerte y el pecado, victoria sin la cual “vana sería nuestra fe” (ver: I Corintios 15,14). Jesús seguirá apareciéndose a sus discípulos para confirmarlos en su llamado, preparándolos para la misión que habrán de cumplir más adelante.

Esos discípulos, quienes en su momento dejaron abandonado al Maestro, siguen dando muestras de que “son otros”, de que en ellos, gracias al Señor, ha nacido un ‘hombre nuevo’ (Cf. Ef 4, 20-24). Ellos, llenos de confianza y fortaleza interior, siguen dando testimonio de que ese cambio viene del cielo y está dando fruto en sus vidas. Como los días anteriores, la primera lectura de la Octava está tomada de los Hechos de los Apóstoles (Hch 3, 11-26).

Lecturas diarias:

  • Primera LecturaHechos 3:11-26
    11Como él sujetaba a Pedro y a Juan, todo el pueblo lleno de sorpresa corrió hacia ellos al pórtico llamado de Salomón.
    12Al ver aquello, Pedro dijo al pueblo:
    —Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto, o por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a este hombre por nuestro poder o piedad?
    13El Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis en presencia de Pilato, cuando éste había decidido soltarle.
    14Vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que os indultaran a un homicida;
    15matasteis al autor de la vida, a quien Dios resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos.
    16Y por la fe en su nombre, a éste que veis y conocéis, su nombre le restableció, y la fe que viene de él le dio la completa curación ante todos vosotros.
    17»Ahora bien, hermanos, sé que obrasteis por ignorancia, lo mismo que vuestros jefes.
    18Pero Dios cumplió así lo que había anunciado de antemano por boca de todos los profetas: que su Cristo padecería.
    19Arrepentíos, por tanto, y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados,
    20de modo que vengan del Señor los tiempos de la consolación, y envíe al Cristo que ha sido predestinado para vosotros, a Jesús,
    21a quien es preciso que el cielo lo retenga hasta el tiempo de la restauración de todas las cosas, de las que Dios habló por boca de sus santos profetas desde antiguo.
    22Moisés, en efecto, dijo: El Señor Dios vuestro os suscitará de entre vuestros hermanos un profeta como yo; le escucharéis en todo lo que os diga.
    23Y sucederá que todo el que no escuche a aquel profeta será exterminado del pueblo.
    24Todos los profetas desde Samuel y los que vinieron después, cuantos hablaron, anunciaron estos días.
    25»Vosotros sois los hijos de los profetas y de la alianza que Dios estableció con vuestros padres cuando le dijo a Abrahán: En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra.
    26Al suscitar a su Hijo, Dios lo ha enviado en primer lugar a vosotros, para bendeciros cuando cada uno se convierta de sus maldades.

     

  • Salmo ResponsorialSalmo 8:2, 5-9
    2¡Dios y Señor nuestro,
    qué admirable es tu Nombre en toda la tierra! Has exaltado tu majestad sobre los cielos.
    5¿qué es el hombre, para que de él te acuerdes,
    y el hijo de Adán, para que te cuides de él?
    6Lo has hecho poco menor que los ángeles,
    le has coronado de gloria y honor.
    7Le das el mando sobre las obras de tus manos.
    Todo lo has puesto bajo sus pies:
    8ovejas y bueyes,
    bestias del campo,
    9aves del cielo, peces del mar,
    cuanto cruza las rutas del piélago.

     

  • EvangelioLucas 24:35-48
    35Y ellos se pusieron a contar lo que había pasado en el camino, y cómo le habían reconocido en la fracción del pan.
    36Mientras ellos estaban hablando de estas cosas, Jesús se puso en medio y les dijo:
    —La paz esté con vosotros.
    37Se llenaron de espanto y de miedo, pensando que veían un espíritu.
    38Y les dijo:
    —¿Por qué os asustáis, y por qué admitís esos pensamientos en vuestros corazones?
    39Mirad mis manos y mis pies: soy yo mismo. Palpadme y comprended que un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo.
    40Y dicho esto, les mostró las manos y los pies.
    41Como no acababan de creer por la alegría y estaban llenos de admiración, les dijo:
    —¿Tenéis aquí algo que comer?
    42Entonces ellos le ofrecieron un trozo de pez asado.
    43Y lo tomó y se lo comió delante de ellos.
    44Y les dijo:
    —Esto es lo que os decía cuando aún estaba con vosotros: es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí.
    45Entonces les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras.
    46Y les dijo:
    —Así está escrito: que el Cristo tiene que padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día,
    47y que se predique en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las gentes, comenzando desde Jerusalén.
    48Vosotros sois testigos de estas cosas.

Jueves de la Octava de Pascua

Hoy, jueves 9 de abril, celebramos el quinto día de la Octava de Pascua. La lectura del Evangelio está tomada nuevamente del relato de San Lucas (Lc 24, 35-48), quien nos narra lo sucedido inmediatamente después del regreso, desde Emaús, de los dos discípulos que se encontraron con Jesús en el camino.

Cuando ambos llegaron al lugar donde estaban los apóstoles, les contaron todo lo que pasó, y cómo habían reconocido a Jesús “al partir el pan”. De pronto, Jesús se presentó en medio de ellos. Y aunque los saludó con la paz, todos los presentes se llenaron de miedo. “No teman, soy yo”, les dice el Señor. Jesús ha percibido el espanto o las dudas que ha producido, y los llama a confiar y a creer: “Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona”. No obstante los discípulos parecían no poder salir de su estupor, aunque empezó a amainar y a dar paso a la alegría. “¿Tienen aquí algo de comer?”, pregunta Jesús con la intención de ratificar que está allí en cuerpo y espíritu. Además, evoca con su pedido la familiaridad y cercanía de siempre, interrumpida por el proceso que lo condenó a muerte. Ahora, los amigos están reunidos otra vez en comunidad, en un reencuentro cuyo centro es el Maestro, quien volverá sobre las Escrituras para explicar cómo todas las profecías sobre el Mesías se han cumplido. Y en ese momento se produce otro milagro: por fin a los discípulos “se les abrió el entendimiento” y comprendieron el sentido de lo escrito siglos atrás. No obstante, la historia no acaba allí, no; recién comienza. Jesús anuncia que “en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados”.

En sus Catequesis, San Cirilo de Jerusalén (315-386), refiriéndose al Bautismo como paso de la muerte a la vida, dice lo siguiente: «Cristo sí que fue realmente crucificado y su cuerpo fue realmente sepultado y realmente resucitó; a nosotros, en cambio, nos ha sido dado, por gracia, que, imitando lo que él padeció con la realidad de estas acciones, alcancemos de verdad la salvación. ¡Oh exuberante amor para con los hombres! Cristo fue quien recibió los clavos en sus inmaculadas manos y pies, sufriendo grandes dolores, y a mí, sin experimentar ningún dolor ni ninguna angustia, se me dio la salvación por la comunión de sus dolores».

Evangelio según San Lucas (Lc 24, 35-48)

Cuando los dos discípulos regresaron de Emaús y llegaron al sitio donde estaban reunidos los apóstoles, les contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.

Mientras hablaban de esas cosas, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Ellos, desconcertados y llenos de temor, creían ver un fantasma. Pero él les dijo: “No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona, tóquenme y convénzanse: un fantasma no tiene ni carne ni huesos, como ven que tengo yo”. Y les mostró las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creer de pura alegría y seguían atónitos, les dijo: “¿Tienen aquí algo de comer?” Le ofrecieron un trozo de pescado asado; él lo tomó y se puso a comer delante de ellos.

Después les dijo: “Lo que ha sucedido es aquello de que les hablaba yo, cuando aún estaba con ustedes: que tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”.

Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto”

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